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The beatles, Twiggy y la minifalda

Cuando David Bailey y Jean Shrimpton llegaron a Nueva York la editora de moda Diana Vreeland se agitaba escandalosamente en las instalaciones de la revista Vogue mientras gritaba: “Alto detengan todo, los ingleses están aquí”. Esta proclamación ha pasado a la historia como el sinónimo de la importancia que tuvo Londres para la moda en la década del sesenta, no solo de allí habían llegado el afamado fotógrafo y su compañera modelo sino también los Beatles, Twiggy y la minifalda.

Durante esta década el impacto de lo que se conoce como el Swinging London o la movida londinense fue esencial para que la moda refrescara su estructura. Hasta aquel momento París había dominado el panorama de la moda a nivel internacional a través de la centenaria institución que era la alta costura, y esta dominación simbolizaba para los jóvenes todo lo que querían dejar atrás, empezando por la imposición acerca de lo que debían usar. Los sesenta vieron emerger al nuevo héroe social: los jóvenes.

La actitud rebelde y antisistema se materializó en las prendas que los jóvenes comenzaron a llevar, una revolución que surgió de forma paralela a la píldora anticonceptiva, las luchas antirracistas, feministas y homosexuales, y que permitieron liberar las mentes y las piernas. Las faldas subieron y ahora todo parecía más fresco y divertido.

Las experiencias con las drogas como la marihuana y el LSD abrieron el camino a nuevas estéticas, el grafismo del op art se mezcló con los colores del pop art y fueron estampados en prendas elásticas que se ajustaban al cuerpo, como lo hizo el diseñador Rudi Gernreich en 1960.

Desde 1955 Mary Quant abrió su primera tienda en Kings Road, allí iban los Beatles con su corte de cinco puntas a comprarse ropa mientras las fanáticas los perseguían por las calles y las Chelsea girls se paseaban con sus cabellos sueltos y su actitud aparentemente despreocupada. Sobre el asunto de la minifalda, tantas veces atribuido a la diseñadora inglesa, ella misma dijo una vez: “La minifalda no la inventé yo ni André Courrèges, la minifalda la inventó la calle”. La flor de plástico fue el símbolo de la diseñadora y sus vestidos eran divertidos, sencillos y económicos.

Para 1967, sobre un fondo blanco y una luz suave, Penélope Tree daba saltos mientras el lente de Richard Avedon capturaba el instante preciso en que ella quedaba suspendida en el aire, en aquellas imágenes parecía quedar plasmado no solo un nuevo tipo de belleza sino también toda la sensación de dinamismo y jovialidad que fue propia de los años sesenta.

Además de Tree, frente al lente de Avedon posaron Lauren Hutton, Veruschka y Twiggy. Esta última con tan solo 16 años se había convertido en el icono de la nueva belleza: una mujer joven, delgada, desgarbada, de ojos grandes, piernas largas mirada infantil y aspecto andrógino. Atrás quedaban los ideales de una belleza acartonada y aristocrática de los años cincuentas y se imponía una belleza fresca, natural y joven. Jean Shrimpton por su parte, además de acomodarse a esta idea de belleza de la chica del lado, representaba la nueva actitud de la mujer frente a la moda, la idea de la transformación constante de la apariencia, la mujer camaleónica, que podía adquirir cualquier actitud con solo cambiar de vestido.

La carrera espacial entre los Estados Unidos y la Unión Soviética produjo un gran interés por el futuro y la tecnología, la invención del transistor había hecho posible que todo pudiera ser reducido de tamaño, y así no solo las faldas se acortaron sino también todos los aparatos como el televisor o la radio, estos se acogieron a la idea de lo mini y las posibilidades de los nuevos materiales como el plástico o la fibra de vidrio. La tecnología y la medicina vieron grandes avances como el Concord o el primer trasplante de corazón. En la moda estos acontecimientos se reflejaron en prendas futuristas que parecían hechas para astronautas. André Courrèges las diseñaba en PVC y vinilo, mientras que Paco Rabanne hacía minivestidos de acrílico y Pierre Cardin imponía las túnicas Cosmos. Barbarella, por su parte, interpretada por Jane Fonda, aparecía como una versión galáctica de Brigitte Bardot. El plástico y sus derivados estaban en todo, en las sillas, en las máquinas de escribir Olivetti o en los muebles psicodélicos de Verner Panton.

Yves Saint Laurent fue, sin embargo, el más futurista de todos. Para 1958 había entendido que la moda ahora no solo comenzaba a ser asunto de los jóvenes sino también de la calle, el diseñador presentaba en Dior colecciones con prendas inspiradas en la calle y los bares de París como chaquetas de cuero, suéteres negros de cuello alto o vaqueros. Más adelante, Saint Laurent proclamaría “Abajo el Ritz, viva la calle” y bajo su propia marca abrió en 1966 la boutique Rive Gauche que contribuiría a que el prêt-à-porter se convirtiera en el futuro de la moda.

En los sesenta París comenzó a compartir el título de capital de la moda con otras ciudades como Londres o Milán, ciudades que dieron gran importancia a la moda masculina luego de casi cien años en los que el hombre estuvo por fuera de ella. Las boutiques de Carnaby Street en Londres ofrecían ropa masculina y unisex y la llamada Peacock Revolution hizo rápidamente que la moda masculina comenzará a tener colores llamativos y motivos extravagantes.

Sin duda, el cambio más significativo que se produjo en los años sesenta alrededor de la moda es el de la estructura misma de su sistema, paralelamente a los cambios de mentalidad se adoptaron nuevas formas de producción y distribución de la moda, la alta costura pasó a un segundo plano dedicándose ser un laboratorio de creación y a mantener el prestigio de las grandes marcas, mientras que el prêt-à-porter comenzó a suplir las demandas de un público cada vez más ávido de moda. De forma paralela, en los años sesenta se consolidó un proceso de diversificación de los polos creativos, que ya venía apareciendo desde los años cincuenta y donde la calle y las expresiones antimoda de los jóvenes fueron las principales fuentes de inspiración.

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