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De la mano de Basquiat

“when I speak no one believes me, when I write down people know is the truth”.
Rene Ricard

Autor: Luis Cifuentes

En mayo del 2013 se llevó a cabo en Nueva York una de las mayores subastas de arte de la historia. El evento, organizado por Christie’s Americas, recaudó 495 millones de dólares, vendiendo 66 de los 70 lotes que sacó. La estrella de la noche fue Jean-Michel Basquiat. Su Dustheads, que años atrás había sido vendido en 20 mil dólares, se vendió esa noche a un comprador anónimo por 48,8 millones.

El crítico de arte Robert Hughes afirma que Basquiat “en efecto, tiene talento, pero nada fuera de lo común”, y como muchos otros se pregunta por la razones de su éxito. Para Hughes, seis situaciones catapultaron al “Radiand Child”: el imaginario racista estadounidense que lo ubicaba al margen de la corriente cultural, dentro del arte naif; era como “un animalito salvaje para los recién civilizados blancos”. Segundo, la necesidad de que la juventud refrescara el arte trasnochado de Nueva York. Tercero, la urgencia de un nuevo modelo (vanguardia) con el que alimentar al mercado del arte. Cuarto, el tránsito de la crítica a la publicidad y del arte a la moda. Quinto, la necesidad afanosa de invertir en arte, lo que dejaba sin tiempo de reflexionar sobre las verdaderas virtudes del artista. Y sexto, el apetito por lo raro y autodestructivo. “Toda esa porquería formó una bola pegajosa alrededor del pequeño talento de Basquiat, y le creó una reputación”, concluye Hughes.

Basquiat se encontró con un Estados Unidos lleno de vanguardias y que buscaba una expresión pictórica propia; situación en la que la crítica de arte tenía un papel preponderante, puesto que era la que determinaba los gustos de la sociedad, la recepción de las obras y consolidaba a los artistas. El arte, más que por virtud propia, se determinaba por lo que se escribía sobre él.

Los críticos eran los dueños de la verdad y, cómo no, los artistas eran sus amigos. Los críticos los construían y los vendían, llenaban galerías y organizaban exposiciones. Ese era el mundo del arte en los años ochenta.

Es así como Rene Ricard lleva a Basquiat de una mano y le anuncia: “Haré de ti una estrella”. Ricard, en su crítica The Radiant Child, escribe: “Nadie querrá ser parte de una generación que ignora a otro Van Gogh”, lo que abre las puertas al joven pintor a los círculos artísticos neoyorquinos y a muchas galerías de arte. De la otra mano era llevado por Andy Warhol quien, además de hacer las veces de crítico, lo validó como artista.

Warhol es también quien prepara a Basquiat para moverse en el mundo del arte de Nueva York. Le muestra los clubes que debe visitar y le presenta a las personas que tiene que frecuentar. Le enseña a hacer de su vida una estrategia comercial de autopromoción, que le permita abrir definitivamente las puertas y hacer que las galerías y críticos faltantes cambien su opinión sobre él.

El crítico era quien definía la vanguardia, lo que era arte y lo que dejaba de serlo. Los críticos establecían los parámetros de medición, validando las obras y la manera de percibirlas, y eligiendo, muchas veces arbitrariamente, a quienes podían entrar y a los que no al mundo del arte.  

El Van Gogh contemporáneo murió a sus 27 años por una sobredosis de heroína, contribuyendo así con la mitificación de su obra y de su vida. “Ya no coleccionamos arte sino que compramos individuos”, sostiene el mismo Ricard. Y Basquiat fue uno de sus grandes logros.

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