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Mosaico de Fondo

Autor: Andrés Montaño

Cuando Joséphine Baker viajó desde Broadway a París con el espectáculo de cabaret de la Revue Nègre, no imaginó que su presencia en la capital francesa causaría una revolución. Su exótico estilo de baile y su increíble voz la convertirían en la primera mujer afroamericana en ser catalogada como súper estrella en el mundo del espectáculo. Años más tarde, en 1925, mientras bailaba con su famoso traje de bananas y se paseaba por París con su leopardo llamado Chiquita, coincidió con la Exposición Internacional de Artes Decorativas e Industriales Modernas, un evento determinante para definir lo que apenas en 1966 se empezaría a llamar Art Déco, y que se refería a la influencia del cubismo, el constructivismo y el arte egipcio en el diseño y en las artes gráficas.

La piel de Baker fascinó a todos, al igual que sus movimientos y muecas casi cómicos que rompían con todo lo establecido. Con ella llegaron también el jazz y el charleston, un baile con origen en las comunidades negras de los Estados Unidos que fue símbolo de la desinhibición moral y sexual que las mujeres reclamaron en los años 20. El charleston significó también el arribo de nuevas modas, especialmente de los vestidos ligeros que respondían a los agitados pasos de las flappers.

Al igual que la exótica bailarina, a su manera Coco Chanel orquestó una revolución. Durante la Primera Guerra Mundial, la diseñadora hizo una fortuna y escaló socialmente vistiendo a las mujeres de la alta sociedad igual que a las telegrafistas y vendedoras; redefinió la idea del lujo empezando por ella misma y adoptó una estética simple, desterrando los estilos orientales y aires de disfraz de los vestidos de Paul Poiret. Tal revolución iba de la mano de las exigencias de la vida moderna, que imponía las actividades al aire libre y los deportes. Tanto así que el diseñador Jean Patou, que trabajó para la tenista Suzanne Lenglen, bautizó su tienda Le coin de sports.

Antes que la fotografía, la ilustración había ganado un lugar protagónico en la difusión de la moda. Todo el sentido de lo exótico, lo glamuroso, el lujo, el deporte y lo moderno del estilo de vida de las mujeres -incluida su nueva silueta- quedó registrado en las páginas de revistas como Vogue y Harper’s Bazaar gracias a las ilustraciones de artistas como George Lepape y George Barbier, que sin ninguna prevención mezclaron en sus trazos todas las corrientes de la vanguardia.

En medio del auge de la ilustración, mujeres como Tamara de Lempicka llegaron a trabajar para importantes revistas de moda como Die Dame. Tamara pasó por encima de las convenciones sociales de lo que debía ser una mujer casada y se involucró con hombres y mujeres por igual, al tiempo que se dedicaba a retratar a la aristocracia europea en decadencia. Usaba un estilo pictórico sofisticado y glamuroso que décadas después la convertirían en una de las artistas más icónicas del art déco. Lempicka plasmó en sus retratos su sentido de la moda mezclado con influencias sutiles del cubismo y el Renacimiento (en las el manejo de las formas y proporciones del cuerpo), más una visión que reflejaba también pasión por la vida moderna, la tecnología -el automóvil y las máquinas en general- y, por supuesto, la libertad sexual de las mujeres.

La Primera Guerra Mundial también ayudó a perfilar esta postura: la mujeres se consideraban más autónomas y económicamente independientes; lo que se ganaban lo gastaban en sí mismas. El cine y el teatro popularizaron el hábito de fumar en público presidido por una actitud moralmente más liberal, pero sobre todo hicieron socialmente relevante el uso de maquillaje. La importancia de este aspecto lo evidencia la aparición de marcas y productos dedicados a la belleza de la piel como Helena Rubinstein, Max Factor y Elizabeth Arden.

Para 1921 Chanel ya hacía alta costura y había lanzado el mítico perfume Nº 5. Gracias a ella, las mujeres vestían jerseys, cárdigan, blusas, chaquetas y conjuntos de punto que se acompañaban con el famoso sombrero cloché. La industria de la moda francesa comenzaba a ser dirigida por mujeres empresarias. Diseñadoras como Jeanne Lanvin o  Madeleine Vionnet confeccionaban vestidos hechos en muselina, seda o crespón marroquí, siempre bajo la premisa de la comodidad de la mujer.

Sin embargo, Jeanne Lanvin se fue contra la silueta rectangular y andrógina de la garçonne dándole un aire más romántico a sus robes de style, que mantenían el entalle en la cadera pero se mezclaban con faldas que parecían confeccionadas en el siglo XVIII y con elaborados trabajos de pasamanería y bordado. Vionnet, por su parte, era la maestra del corte al bies, e inspirada en la Grecia clásica, exploraba los drapeados y el uso mínimo de costuras.

A pesar de las prohibiciones de la época respecto al alcohol, la noche se destinaba a la fiesta, y para esto debía brillar. La idea del movimiento se materializaba en vestidos cortos, suspendidos de los hombros con pequeños tirantes y elaborados con telas ligeras, cascadas de perlas, flecos, canutillos y bordados metalizados con motivos aztecas o egipcios. Las diademas de diamantes y los zapatos de tacón con hebilla en el empeine les permitían a las mujeres agitarse sin preocupación, como lo hacía Joséphine Baker. Finalmente, tal como lo dijo el modisto Jean Patou, el gusto por el baile definió la línea de los vestidos de noche y de sus accesorios en la década de los años 20.

Mientras tanto, la actriz estadounidense Louise Brooks encarnaba el ideal de la garçonne o flapper. Un primer plano de su cabello, ojos y labios oscuros hacía delirar a los más vanguardistas. El término la garçonne apareció por primera vez en una novela de Victor Margueritte en la que se veía reflejada la nueva apariencia y actitud femeninas. Además de verse juvenil y andrógina, la garçonne llevaba el cabello corto al estilo bob, rubio o negro, liso o con ligeras ondas pegadas al rostro gracias al fijador; y usaba una faja que le aplanaba el pecho y las caderas para lograr una silueta rectangular que se acomodara a la línea de los vestidos.

La actitud de las personas en las ciudades era libre y atrevida y revelaba su inconformidad hacia lo tradicional. En particular, las garçonne estaban interesadas en reivindicar el papel de la mujer en el plano social y por eso sus luchas se relacionaron también con el derecho al voto. Este movimiento llegó hasta las nuevas actrices, cantantes y bailarinas, que no solo eran las principales árbitros de moda, sino que junto a las sufragistas y deportistas fueron quienes ayudaron a movilizar nuevas ideas sobre el rol femenino.

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