Artículos
Dejar un comentario

El estatus de la personalidad

Fue Diana Vreeland quien determinó quien es y quien no es un editor de moda. Fue también ella quien llevó a fotógrafos, modelos, músicos, artistas y diseñadores a convertirse en íconos de la cultura popular y como medio utilizó dos revistas y un museo.

Las frases célebres de Diana Vreeland (1903-1989), o al menos las que sus biógrafos y familiares han querido conservar, bien podrían hacer parte de un digno manual de superación personal para rehabilitar artistas decaídos. La más grande editora de moda que ha existido dijo cosas como esta: “Solo hay una cosa en la vida: la continua renovación de la inspiración” y “La pasión es lo más grandioso de la vida, sin ella no tienes nada. Si tú amas a alguien, puedes amarlo tanto como seas capaz de amar, pero si no hay pasión, si no hay fuego, no has vivido nada”. ¿Cómo no adorarla? ¡Gracias Diana por dejarnos ver la luz al final del túnel! La cantidad de rubor que se echaba en las mejillas también es una imagen reconfortante. No era un tono suave escogido por expertos para iluminar la tez de la afamada crítica de moda; era un color rosa eléctrico que la misma Diana debía aplicar en círculos hasta verlo encenderse. Luego el pintalabios rojo y ya estaba. En conjunto, un montón de señales que gritaban: “Si no te gusto es tu problema, no el mío”. Debió ser por su manera de maquillarse que el agente literario Swifty Lazar la llamaba “Dollface”. Y si no era por eso, Lazar encubría la verdadera razón del apodo, porque Diana no tenía las facciones calculadas de una muñeca, si a eso vamos. Para no participar de la corriente que cree que la fealdad es motivo de sorpresa, diré que tenía un rostro fácil de repetirse, como los que nos tocan en suerte a la mayoría de los mortales. Es ya casi un mito la vez que Emily Key Hoffman, la mamá de Diana, se lamentó delante de ella por su fealdad, comparándola con la belleza de su hermana menor. ¿Quién fue la hermana de Diana? La historia no se acuerda de ella. Un punto para la justicia simbólica. De su madre, una socialité norteamericana, Diana –francesa de nacimiento– habría de heredar el engreimiento y la confianza ciega en que algo la hacía especial, solo que a diferencia de los demás, ese “algo” no le había sido otorgado al nacer, sino que sería un plus que ella misma construiría. Su actitud no podría haber sido más pop: burlándose de las virtudes del abolengo, Diana controló las variables que habrían de convertirla en un símbolo e hizo de sí misma una obra para admirar, al punto en que terminó sus días en un museo.

En muchos artículos y reseñas se cita la frase destructora de la madre de Vreeland sobre su apariencia. En palabras de la propia afectada, Emily habría dicho algo como: “Es realmente malo que tengas una hermana tan hermosa y tú seas tan extremadamente fea y estés tan terriblemente celosa de ella. Esto, claro, porque es imposible para ti hacerle frente”. Hay cierto consenso sobre el hecho de que sentirse minimizada fue lo que impulsó a Diana a convertirse en alguien importante. Sin embargo, la segunda parte de la anécdota es la que marcó de manera definitiva el carácter de Vreeland. En su biografía relata que luego de que su madre soltara esa bomba, abandonó la habitación. Fue entonces que se dio cuenta de que el comentario le dolía, en realidad, porque estaba segura de que era la persona en el mundo que más amaba a su hermana y se sentía muy orgullosa de ella. ¿Por qué no empezó a odiarla o envidió su suerte? Porque la virtud que distanciaba a Diana de los demás era su capacidad de apreciar y potencializar la belleza. Ese ojo entrenado, educado, sensible, se iría refinando con el tiempo al punto de llegar a apreciar lo bello en lugares donde nadie se esforzaba por encontrarlo. Gracias a ese episodio Diana se convirtió en editora de moda.

Su carrera empezó con un golpe de suerte. En 1936, Carmen Snow, editora en jefe de Harper’s bazar, quedó impactada al ver a Diana con un vestido chanel de encaje y boleros y rosas rojas en el pelo en una fiesta en el hotel St. Regis Roof de Nueva York. A la mañana siguiente la llamó para invitarla a hacer parte de la revista. Como a la familia de Diana no le sobraba el dinero, aceptó empezar a colaborar con una columna de opinión llamada Why don’t you… donde se burlaba de la realidad austera de la guerra proponiendo aventuras domésticas excéntricas. En poco tiempo se convirtió en la editora de moda, o mejor, creó el rol de la primera editora de moda que hubo en la historia. Su paso por Harper’s significó para la publicación pasar de ser una revista de buen gusto al medio pregonero de la vanguardia. Vreeland escogía para sus editoriales lugares majestuosos donde la mirada de sus lectores no se había posado nunca, y llevaba hasta allá las bellezas raras de sus modelos preferidas. En su baraja de rostros posibles estaban mujeres que habrían pasado desapercibidas para otros editores: fue idea suya resaltar los rasgos leoninos de Barbra Streisand, el rostro agudo de Anjelica Houston, la mirada casi extraterrestre de Penelope Tree e incluso el desafío generacional que encarnaba Twiggy. Su salida de la revista se debió en parte a la resistencia de las directivas a costear sus producciones épicas, y lo mismo le ocurriría años más tarde en Vogue (1963 – 1971), otra revista a la que sacó de la modorra de los consejos para señoras de bien para convertirla en un reflector de la pirotecnia cultural de los años 60.

Fue en Vogue donde se entregó a la apostasía y se le abrieron las puertas del paraíso pop. De su mano llegaron a las páginas de la biblia del buen proceder de la aristocracia neoyorkina las estrellas de la cultura popular. Las personalidades del mundo del cine y la música se convirtieron en unos cánones extraños y potentes que no eran observados solo por las élites sino asediados por las masas que consumaban el ritual de adoración al comprar la revista. En el inicio de sus carreras, Mick Jagger y The Beatles–por mencionar un par de sus aciertos agoreros–, fueron capturados por los artistas fotógrafos que trabajaban para ella, entre los que estaban Richard Avedon, Man Ray y en alguna oportunidad Andy Warhol.  Tras un par de décadas, las directivas de Condé Nast vieron a Vogue tan fortalecida que creyeron a Diana prescindible y la despidieron. Sin trabajar, que era lo que más amaba, Vreeland permaneció alejada de los reflectores justo hasta el día en que ocurrió el milagro: el Museo Metropolitano de Nueva York la llamó para que fuera consultora especial de su Instituto del vestuario, una sección apocada por la solemnidad general del MET (por sus siglas en inglés).

Nunca más pudo alguien decir que no escuchó hablar de las exposiciones sobre moda que tenían lugar en el museo. Vreeland tenía 69 años cuando revolucionó la dinámica del MET y lleno las salas de celebridades ávidas por figurar en las páginas sociales de los periódicos que registraban la apertura de las exhibiciones. Todo este movimiento llamó la atención de un público joven que no solía cruzar las puertas del museo y también convirtió al Instituto de Vestuario en el destino preferido de las donaciones. En 14 años Vreeland inauguró 14 exposiciones que duraron en promedio nueve meses cada una. Su debut fue con una retrospectiva de Balenciaga y luego navegó las aguas de la moda del siglo XVIII y los años glamurosos de Hollywood hasta llegar a hacerle un homenaje a Yves Saint Laurent. El propio diseñador asistió a la exposición para ver sus modelos bajo el techo de una de las instituciones artísticas más importantes del mundo. Él mismo era una obra en exhibición paseándose por las salas del MET, mientras los puristas se revolvían en sus sillas al verlo ocupar el espacio destinado a albergar la obra de artistas desaparecidos, consagrados por el paso del tiempo. Punto para la corriente pop.  

El éxito de Diana en el museo fue innegable, pero más allá de la efervescencia producida por la visita de personalidades y los apoyos económicos al proyecto, estaba el logro de su magia como editora: elegir el lugar correcto para reivindicar el valor cultural y antropológico del vestido. De todas formas, su creencia ciega en el misticismo de la moda provocó que la criticaran por la falta de exactitud histórica de sus guiones museográficos. Entre quienes la conocieron, nadie desmiente que Diana se embelesaba con ideas e imágenes independiente de que correspondieran a la realidad (y está su comentario: “la historia de la moda es ficción porque la moda es ficción”). En su defensa habría que decir que mientras Diana le inyectaba la fuerza escénica a las exposiciones, el trabajo de investigación estaba bajo la responsabilidad de la curadora Stella Blum.

Cuatro años antes de morir, Vreeland abandonó su puesto en el MET en la noche en que se inauguraba la exposición sobre vestidos de la India. Hasta ese día sostuvo su empeño por educar las miradas en un panorama iluminado por decenas de artistas que contribuyeron a cambiar las reglas de acceso al arte, los mismos que competían entre ellos para ser invitados a cenar en su casa y tener el privilegio único de su charla nocturna. En retrospectiva, su relación con el museo también creó un bucle de referencia a su vida como una obra digna de ser expuesta: Diana había orquestado que las carreras de ciertos diseñadores se consagraran, y como responsable de su apogeo, luego los llevó a las salas de exposición.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s