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La dama de oro

Autor: Andrea Uribe Yepes

Un poeta y una pintora con aura de socialité se encuentran un fin de semana a las afueras de Roma. El resultado: un lienzo en blanco, un anillo de topacio y un escándalo.

No fue siempre Tamara de Lempicka. En un principio, en Rusia de comienzos del siglo XX, fue Tamara Górska, una niña de la clase alta moscovita que descubrió que quería pintar cuando tenía 12 años. Sus padres, una heredera y un abogado, encargaron a una pintora anónima un retrato al pastel de su hija mayor. Para ella fue una tortura las horas que tuvo que pasar severa y dispuesta. Padecía cada minuto que debía ordenar a su cuerpo la rigidez. Más tarde, Tamara también torturaría a los que posaran para ella.

La aristocracia europea de la primera mitad del siglo XX hizo fila para ser torturada. Tamara, que ahora tenía el apellido Lempicka tras casarse con un abogado que conoció en la ópera, tomó rostros, cuerpos, vestidos y sombreros de sus amantes y amigos y creó una colección de duques, duquesas, marqueses y socialités de la época; un círculo de protección y beneficios, un cruce entre su arte y su ímpetu social.

Entre su catálogo se encuentran personajes como el escritor André Gide, la duquesa de La Salle, el Marqués d’Afflitto. Incluso está el retrato de un presunto homicida: el Gran Duque Gabriel Kostantinovic, primo del Zar y se cree que el asesino de Rasputín, que en uniforme rojo representa la muerte de la nobleza rusa. Pero faltó alguien, faltó un poeta italiano, héroe de la Primera Guerra Mundial, que estuvo a punto de ser retratado por Tamara pero los caprichos de él y la dureza de ella terminarían por dejar el lienzo en blanco.

Él encajaba en su tipo de personaje: rico, afamado, una vía rápida para alcanzar el reconocimiento. Ella encajaba en el tipo de mujer del poeta, que era, al parecer, cualquier tipo de mujer.

Gabriele D’Annunzio había actuado como aviador en la guerra lanzando pasquines sobre Viena. La imagen de un veterano poeta había contribuido para su fama. Para la época era un consentido de Mussolini y un poeta leído en Europa. Por intermedio de unos amigos, en 1926 había conocido a Tamara en su casa Il Vittoriale ubicada al pie del lago Garda en Italia. Luego de eso intercambiaron algunas cartas y acordaron volver a verse en soledad, a excepción de una ama de llaves, Aélis Mazoyer, que confundía su trabajo con el juego y a su jefe con un amante eventual. Ella, la única testigo, escribió un diario sobre sus días con D’Annunzio, donde incluyó anécdotas y cartas y ahora constituye la única evidencia de ese encuentro:

(…) Viajaré a París para pasar allí los días de navidad. Pasaré por Milán donde permaneceré dos días. ¿Desea usted también que me cruce en su camino (en el sentido positivo de la palabra)? Para mí sería un placer, ¿y para usted? Le envío, hermano mío, todos mis pensamientos, tanto los buenos como los malos, los deshonestos y los que me hacen sufrir.

Desde que se conocieron se había hablado sobre la idea de un retrato de D’Annunzio por Lempicka. Él encajaba en su tipo de personaje: rico, afamado, una vía rápida para alcanzar el reconocimiento. Ella encajaba en el tipo de mujer del poeta, que era, al parecer, cualquier tipo de mujer.

Tamara llegó a Il Vittoriale con sus óleos, un lienzo y toda la intención de retratarlo; un cuadro de D’Annunzio significaría un avance en su carrera de retratista social, una curiosidad. No era inocente: siempre había sabido combinar a la perfección la sensualidad y el arte. Él la esperaba con la intención de no ser pintado sin que ella, antes, accediera. Decían que ninguna mujer se resistía a Gabriele D’Annunzio y él era el primero en creerlo.

Tamara fue instalada en una habitación que parecía más un museo a la decadencia, de tonos oscuros, con tapices multicolores, terciopelos y pieles. Los días en Il Vittoriale consistían en mañanas de sueño, tardes en que aparentemente Tamara estudiaba al hombre que, aunque viejo y de aspecto nada seductor, tenía una fuerza que ella debía examinar para fijar en el lienzo. Las noches eran de insistencia, de acercamiento y de las anotaciones del ama de llaves en un diario, en las que describía los rechazos de Tamara.

D’Annunzio, cuenta el diario de Aélis, exilió la idea de la pintura y fijó su meta sin ningún tipo de distracción: tener a quien para la época era un exotismo social y hacerla parte de su colección de mujeres. Eran dos torturadores en una casa lejos de Roma, aislada. Ella daba excusas, que su esposo la esperaba, que la fertilidad, que la vergüenza.

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Cuando ya estaba todo perdido, cuando incluso ella se había resignado a llevarse lejos de allí su deseo de pintarlo, él le ofreció drogas. Tamara, habiéndolo intentado todo, entendió lo que quería y resolvió irse. La ciudad de Milán la recibió unos días mientras planeaba su regreso a París. De Il Vittoriale había salido ambigua, entre el halago de haber sido cortejada por un genio y la fiebre que le significaba la prevalencia de su cuerpo sobre su obra.

La condición de artista de Tamara se reducía, en esa habitación de hotel y una vez saliera la noticia del desencuentro, a un puñado de cuadros y una aventura decepcionante con un poeta rijoso. Pero un mensajero hizo esa preocupación un poco más amable cuando apareció en la puerta de su hotel con un poema titulado La dama de oro y un anillo de topacio que llevaría hasta el último de sus días. Un regalo, una disculpa. Un recordatorio de ese cuadro que nunca fue. Después de eso ya fue, siempre, Tamara de Lempicka.

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