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Cass, Cassan, Cassandre.

Autor: Yonatan Rodríguez

“Industria es la aparente simpleza.”
Séneca

Diferente al anonimato pero sin lo irrenunciable de la firma, Cassandre llenó las calles de obras producidas en serie. Sus carteles fueron un emblema de las artes decorativas, y la oscuridad, su única marca.

Avenue René Coty, París, 17 de junio de 1968.

Cuando abrieron la puerta lo vieron en las alturas, tal y como había lucido tres décadas atrás el transatlántico Normandía impreso en sus carteles: imponente, estático y navegando entre la niebla. La suya era una muerte rodeada de fracaso, uno de esos profundos y amargos que arrastran a quién lo encuentra directo a la desventura. La causa inmediata: un editor alemán había rechazado uno de sus diseños.

Su primer intento de suicidio había ocurrido en 1936 a raíz de su divorcio de Madeleine Cauvet, heredera de la industria automotriz francesa quien había sido su esposa durante 13 años. Él había regresado a París después de pasar una temporada de trabajo en Nueva York, donde se dedicó a la ilustración de portadas en revistas como Harper´s Bazaar y Fortune. Sus años en América marcarían el fin de su carrera como cartelista, y su retorno a Europa el abandono de todas esas líneas que alguna vez llevaron el nombre de Cassandre, una identidad que tomó de aquella princesa y sacerdotisa troyana cuyo nombre significa “la que enreda a los hombres”.

Nacido en 1901, Adolphe Jean-Marie Mouron fue, como casi todos los grandes pintores, un retratista de su ciudad, en su caso, la industrial Járkov ubicada al este de Ucrania. El joven Mouron encontró en los sonidos de los piñones y los engranajes de las factorías de Járkov la más perfecta de las sinfonías, que aderezó con sus viajes frecuentes a Moscú y a París donde se nutría de las artes decorativas. Descifró cierta sensualidad en la composición que armaban los volúmenes de las máquinas y en esa manera tan única en que el acero atrapaba la luz en las bielas. Su firma -más que su nombre, más que su alter ego- fue el uso de los colores primarios y los decorados con cromados, esmaltes y piedras pulidas que bañaba con la oscuridad industrial de la época.

Su primera obra se tituló Au Bûcheron (1923) y fue premiada en la Exposición Internacional de Artes Decorativas de 1925. Se trató de un cartel publicitario que fue reproducido a gran escala en puntos estratégicos de París y que terminó por convertirse en la pieza inaugural de un movimiento gráfico sin precedentes. En él es evidente la necesidad de anonimato por parte de Cassandre, la renuncia irrevocable al espíritu de autor. Sin embargo, pese a su importancia en el cartelismo -una disciplina que él mismo describió como “un telegrama que debe ser visto por personas que no tratan de verlo”-, sus apetitos nunca apuntaron a las artes comerciales. Con sus trabajos por encargos, financiaba su escasa obra pictórica. A su modo de ver, la pintura era un fin en sí misma, mientras que el cartel era un medio. Y este es quizá el mayor punto de inflexión entre las artes decorativas y las bellas artes.  

Aunque el periodo de formación artística de Cassandre fue corto, su paso por la Academia de Bellas Artes y el Instituto Juliano en París entre 1918 y 1920, hizo que su obra se nutriera de las vanguardias de la época y con especial fijación del surrealismo (sobre todo, en sus trabajos de la segunda mitad de la década del 30), del que adoptó ideas que más adelante fundamentaron su estilo como cartelista. La destreza técnica que no adquirió en las aulas, debido a sus retiros frecuentes, finalmente la perfeccionó gracias al pintor Lucien Simon, de quien aprendería a capturar la luz y lo que sería la marca indeleble de su trazo: la oscuridad.

En 1922 se independizó en su estudio en Montparnasse y publicó sus primeros trabajos bajo la insignia Cassandre. En esas primeras obras se nota un tránsito de las artes al diseño y la fuerza que lo diferenciaría la década siguiente. Desde entonces su trabajo como compositor gráfico se caracterizó por la geometría aerodinámica, los trazos zigzagueantes y una pesada atmósfera azul que impregnaba la mayoría de sus carteles, hechos de contornos nítidos y líneas definidas. Eran llamativos de una manera tan poderosa que su amigo, el escritor suizo Blaise Cendrars, lo apodó “el primer director escénico de la calle”.

En 1940 se enlistó en el ejército francés para combatir en la Segunda Guerra Mundial, pero apenas un año después ya estaba participando en una exposición de la Galería René Drouin, lo que le sirvió para expandir una propuesta que había presentado anteriormente en Lyon como parte de un encargo para la Cámara Sindical de la Alta Costura de París. Es precisamente en este trabajo donde conoce a la que sería su segunda esposa, Nadine Robinson, una joven diseñadora de la casa Lelong.

Luego de su renuncia al cartelismo y su estadía en Estados Unidos, Cassandre alternó la pintura con la creación de diversas decoraciones teatrales en las que unió pasiones que ya se habían manifestado en sus obras anteriores, especialmente la arquitectura. Algunos de sus trabajos como escenógrafo se instalaron en las casas de la ópera de París y Montecarlo y en la Comedia de los Campos Elíseos.

Sin embargo, para 1959 ni siquiera la pintura lo llenaba. Entonces se radicó en el campo, cerca de Belley, en donde se obsesionó con fundar un instituto internacional para la enseñanza del arte. Realizó asiduamente los planos para una estructura en la que pensaba echar raíces y pasar el resto de su vida, pero este proyecto nunca se concretó. Al final de la guerra, y luego una distancia prolongada con las artes gráficas, se vio obligado a retomar la elaboración de carteles y propagandas para superar la crisis económica del país que a él también lo dejaba sumido en las deudas.

En los años que le restaban se dedicó a organizar exposiciones retrospectivas de sus obras en las galerías Motte en Ginebra (1966), Janine Hao en París (1966) y Rijksakademie de Amsterdam (1967), y la realización de una última pintura llamada La Frontera. También hizo el diseño del logotipo de Yves Saint Laurent, los afiches para la máquina de escribir Olivetti y carátulas de discos de la época. Todos estos fueron encargos que poco a poco desgastaban su estilo y lo arrojaban al tedio.

En la última embestida del desencanto, sucedida en 1968, dejó a su segunda esposa, abandonó la elaboración de decorados teatrales y finalmente se suicidó. Su vida se había ido vaciando de sentido, como quien observa en reversa los afiches que hizo para Dubonnet en 1932. Las imágenes son un tríptico en el que se ve a un personaje que se va formando a medida que se bebe una botella: Dubo, Dubon, Dubonnet, escribió Cassandre. Y él, en cambio, iba desapareciendo con cada trazo.

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