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Una joya sin nombre

Autor: Diana Gómez
Ilustraciones: Sebastián Rubiano

Las piedras preciosas en combinación con materiales a veces suntuosos y otras veces económicos, dieron al periodo de entreguerras un tipo de ornamento en el que predominaron los colores saturados, la obsesión por lo egipcio y la mezcla de estilos.

Con la Primera Guerra Mundial se terminó la época de las líneas suaves del art nouveau. La desaparición de este movimiento artístico era inevitable: con sus arabescos, ninfas desnudas y lirios se contaba la historia de una Belle Époque europea que llegaba a su fin. Con el tiempo, los nuevos escenarios industriales empujaron la aparición de vanguardias estéticas, y fue así que el arte terminó por descubrir una tendencia moderna de líneas limpias y rigurosas que daban la sensación de avanzar hacia el nuevo siglo.

Siguiendo el ideal de perfeccionamiento tecnológico, se hicieron desde rascacielos hasta aretes, sin que el nombre art déco fuera mencionado una sola vez. Tampoco los artistas escribieron manifiestos sobre lo que estaba pasando. Esa falta de palabras para explicar las características del movimiento podría explicar el eclecticismo en los estilos y el contraste entre las visiones de sus principales exponentes.

Lo que hoy conocemos como art déco recibió un bautismo tardío durante los años 60, cuando resurgió un interés por el arte producido en la posguerra. El nombre se asignó en referencia a la Exposition Internationale des Arts Décoratifs et Industriels Modernes, una muestra artística que tuvo lugar en París en 1925, cuando ya la corriente se había consolidado. El evento reveló los desarrollos más sorprendentes en arquitectura y arte, además de destacar los objetos de lujo que validaron a París como la capital del diseño decorativo.

Cubismo y egiptomanía

Justamente fue la joyería la que se convirtió en una de las facetas más sorprendentes del art déco. Por entonces, como ahora, lucir una joya era una manifestación de riqueza, en la que se apreciaba el valor de los materiales, y quizá con especial énfasis, la destreza artesanal en la elaboración.

La estética cubista influenció al diseño de joyas con formas geométricas y angulosas que contrastaban con las líneas ondulantes del art nouveau. Se hablaba de un “cubismo domesticado” por ser una depuración de las estructuras propias de este movimiento. Oriente, África y Suramérica inspiraron también una veta exuberante, con patrones multicolores y  temáticas elaboradas. La fascinación occidental con el exotismo de otras regiones alcanzó una cima notable en 1922 tras el descubrimiento de la tumba de Tutankamón, un hallazgo arqueológico que disparó la egiptomanía y planteó una evocación innegable para la moda de la época. La cultura del entretenimiento también se alimentó de este furor egipcio, llevando al cine, el teatro y la danza historias como Antonio y Cleopatra de Shakespeare.

Pirámides, ojos de Horus, soles radiantes y escarabajos se convirtieron en motivos comunes de joyería. Los materiales también se adaptaron a esta obsesión, dándole un protagonismo inusual a piedras semipreciosas como lapislázulis, cornalinas y turquesas, que eran engastadas juntas en marcos de oro para lograr efectos de color impactantes.

Maestros del lujo

Una de las marcas joyeras que interpretó con maestría el auge egipcio fue Van Cleef & Arpels. Entre 1922 y 1925 esta casa francesa creó piezas decoradas con  jeroglíficos y motivos icónicos en mosaicos de esmeraldas, zafiros, rubíes, diamantes y piedras de ónix. La suntuosidad de las joyas era innegable, no solo por lo exclusivo de los materiales sino por la técnica que exigía cada diseño. Esta marca recibió el gran premio en la exposición de 1925 por un impactante brazalete de rosas que empleaba 463 diamantes, 293 rubíes y 108 esmeraldas que parecían florecer sobre un marco de platino.

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En Cartier también se vivió un periodo legendario mientras duró el amor europeo por el exotismo. La firma francesa estableció un vínculo estrecho con India y hasta tuvieron por clientes a sus príncipes, para los que creaban collares de costos exorbitantes. Tan contundente fue la influencia de este puñado de culturas en los diseños y técnicas de la marca, que durante los viajes de Jacques Cartier a la región buscaba esmeraldas talladas para darles el puesto principal en sus piezas art déco.

Tanto Van Cleef & Arpels como Cartier hacían parte de los bijoutiers-joailliers, firmas tradicionales de joyería francesa que establecieron durante los años 20 y 30 un art déco tímido en diseño y desbordado en suntuosidad. Rara vez se distanciaron de las piedras y metales preciosos por tratarse de signos de estatus social. Con una clientela entre la que figuraban las realezas de Inglaterra, España, Rusia, Grecia e India, entre otras, la prioridad de estos joyeros era presentar de la manera más vistosa posible las gemas que rebosaban en cada pieza.

Artistas de la joyería

Con un enfoque diferente al de las grandes casas de joyería, los bijoutiers-artistes ofrecían una visión más innovadora y radical del art déco. Se entregaban a las influencias artísticas con total libertad, eligiendo materiales por su carácter expresivo más que por su valor económico. No omitían por completo las gemas, pero tampoco se les convertían en un punto focal. “Una joya no es simplemente una piedra preciosa colgando de un cuello precioso. No puede ser un objeto inerte, sino algo que viva y vibre”, decía el joyero Raymond Templier, quien empleaba los diamantes transparentes como fuentes de luz, haciendo las veces de un arquitecto que incorpora ventanas para iluminar sus edificaciones.

Junto a él, Georges y Jean Fouquet, Gérard Sandoz y Jean Desprès acercaron las joyas al arte escultórico en composiciones que interpretaban la tecnología moderna: “Camino por las calles y veo inspiración para joyería en todas partes: las ruedas, los autos, las máquinas de hoy”, expresaba Templier. Arcos, círculos, rectángulos y triángulos encajaban juntos en sus diseños futuristas, siguiendo ritmos o rompiéndolos con algún corte inesperado. Pero no eran solo los autos, también los aviones inspiraban el avance veloz hacia el progreso, marcando broches, dijes y pulseras con líneas aerodinámicas. Cada joya era pensada como una encarnación de la era de las máquinas.

Los artistas-joyeros sentían que el arte estaba en todo y era una parte esencial de la vida cotidiana, lo que los llevaba a fabricar joyas que brillaban por su potencial expresivo más que por sus costosos insumos; veían las piezas como pequeños lienzos que se usaban como ornamento. Y así, en la solapa de un abrigo, abrazada a una muñeca o colgando de un cuello iban exhibidas las obras de arte de un movimiento que nunca conoció su propio nombre.

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